Cuando uno tiene uno de esos días en los que todo te sale mal en el curro, no rindes, estás de mal humor, sin ganas de nada y con mil preocupaciones en la cabeza, tiene claro que nada hace presagiar nada bueno al final de la jornada.
Pero, claro, una cosa es eso y otra muy distinta es saber que vas a acabar el día vapuleado en mitad de la calle por una panda de delicuentes.
Lo que te estoy contando!!!!!
Hace un par de horas, alrededor de las 23:00 salía yo del gimnasio rumbo a casa. Siempre voy andando porque lo tengo a unos 15-20 minutos de Proudville. Iba por mi camino habitual cuando, de repente, me veo rodeado por siete individuos.
Ay, ay, ay....

Dos de ellos eran dos armarios empotrados. Más grandes que yo, que ya es decir. Uno de los mastodontes me sacó una navaja que era como la espada de
Cloud, el de
Final Fantasy.
- La cartera y el móvil- me exigió el armario en un arranque de prosa fluída.
En ese momento, muchas cosas pasaron por mi mente.
Todas las escenas de lucha que había memorizado de Buffy.
Los espectaculares movimientos de Neo que mi mente tenía grabadas.
Las técnicas de lucha que había aprendido de Claremont ("utiliza la envergadura del enemigo en su contra", "rueda con el impacto lejos de su alcance", "usa su superioridad numérica para que se estorben unos a otros").
Todos los conocimientos sobre tácticas de lucha que había asimilado durante toda mi vida iban, por fin, a ponerse a prueba.
Así que inspiré profundamente.
Acumulé toda mi energía...
... y me acojoné.
Me limité a decir que no llevaba nada encima.
Y era verdad. Cuando salí del curro horas antes, me dí cuenta de que no había echado el gel de baño en la mochila, así que, antes de ir al gym tuve que pasar por casa y pillar el necesser. Aproveché para dejar la cartera y el móvil, al que le quedaba poca batería.
Cuando les dije que no tenía nada, uno de ellos me propinó un puñetazo en el estómago que me hizo agacharme. Mientras otro me arrancó la mochila, el segundo gorila me dió un segundo puñetazo que me dió de lleno en el oído y la cara.
Caí al suelo y, mientras registraban rápidamente mi mochila, empecé a recibir patadas que me venían de todas partes. Me tapé la cara y la cabeza. Todo fue tan rápido que no pude reaccionar. Afortunadamente el registro fue rápido y se marcharon corriendo.
No sé cuánto tiempo me quedé allí sentado en estado de shock. Estaba flipando, no podía creerme lo que me acababa de pasar. Recogí mis cosas desperdigadas por la acera, mis gafas destrozadas en el suelo y mi orgullo, más magullado que yo aún.
Cuando llegué a casa y me miré en el espejo, pensé que estaba viendo un cuadro de Picasso... o una viñeta de Igor Kordey.
Mi cara!!!!!
Salí inmediatamente al chino a comprar hielo y llamé a Ruffy para contarle lo que había pasado.
Eso fue hace unas horas.
Aún sigo con una bolsa de hielo pegada a mi cara, con la esperanza de que para mañana vuelva a tener lo más parecido a un rostro humano. De hecho, el hinchazón ha bajado bastante y por ahora no me han salido marcas. Me duele todo el cuerpo, pero no tengo nada roto. Aparte de la cara como un mapa y un moratón en el culo, no tengo nada.
Irónicamente, desde hace unos días llevo pensando, por razones que no vienen a cuento, que merecería que me dieran una paliza. Ahora sé que el Karma existe, no me cabe duda.
Hay varias cosas que, no obstante, me consuelan...
La primera es que en el gimnasio me había empleado a fondo en la elíptica, por lo que los muy cabrones se comieron todo el olor que desprendían mis calcetines sudados.
La segunda es que no vieron el Ipod que, con las prisas al estar cerrando el gimnasio, metí entre la ropa sucia. Lo que sí vieron fue el libro que llevaba. Me extrañó que no se lo llevaran, ya que sin duda hablamos de jóvenes con inquietudes culturales y unas mentes ágiles y despiertas, ávidas de conocimiento...
Por último, lo que más me consuela de toda esta historia es lo terriblemente feos que eran.
Los siete.
Porque a mí mañana se me bajará el hinchazón, pero ellos seguirán siendo feos durante toda su vida.
Y eso mola mil.