
Hace varias semanas sucumbí a las maravillas de la
L Carnitina. La hermana de una compañera de trabajo, que es dietista, me recomendó unas cápsulas de esta sustancia como complemento a mi ejercicio diario. Se supone que ayudan a quemar grasas y a facilitar el desarrollo muscular.
Bienvenido al mundo del dopaje, Proudstar...
Si no existieran las pizzas de espinacas con queso de cabra del Mercadona que suelo cenar los fines de semana, seguramente el efecto sería más evidente, pero la verdad es que no me quejo. Se supone que hay que tomárselas unos 40 minutos antes de comenzar la actividad física, así que normalmente me la tomo en el metro, de camino al gym.
El caso es que ayer, por culpa de la dichosa pastillita, pasé uno de lo peores ratos de mi vida.
Estaba sentado en el metro, cuando recordé que tenía que tomarme la L Carnitina. Tuve la mala suerte de haberme olvidado de pillar un botellín de agua para facilitar la ingestión de la misma.
Miré la cápsula que aguaradaba en la palma de mi mano. Tenía el mismo aspecto de un conguito, aunque era algo más grande, así que decidí fiarme de su apetitoso aspecto e intentar tragármela sin ayuda del agua. Me la intruduje en la boca y lo intenté, pero fui incapaz de hacer que pasara más allá de la campanilla...
Sentí que la cáscara comenzaba a reblandecerse. Pensé que, bueno, ya que estaba, iba a esperar a que la pastilla se deshiciera en mi boca y así no tendría que romper mi rutina diaria de dopaje...
Justo en ese momento, subió al vagón uno de los chulazos de mi gimnasio. Una de esas criaturas semidivinas que siempre están hablando con otros de su misma especie, que no sudan ni huelen mal... pero que, aun así, tienen un cuerpo esculpido en piedra.
Como suele ocurrirme con estos seres, el maromo en cuestión no me dedicó ni una sola mirada e, ignorando totalmente mi presencia, se sentó justo frente a mí. Contradiciendo todos lo clichés existentes sobre este tipo de chicos, su musculoso brazo sacó del interior de su mochila deportiva el último objeto que cabía esperar.
Un libro.
Y mientras él leía, me dediqué a hacer un minucioso escaneo de su persona: su hoyuelo en el mentón, el más que marcado canalillo que asomaba bajo su camiseta de tirantes... y justo cuando mi mirada estaba pasando a inspeccionar la vena que recorría su abultado bíceps, en ese preciso instante, la cápsula que tenía en la boca se agrietó, soltando en mi boca el líquido que contenía.
Imaginad el sabor más desagradable de la
Historia de los Sabores corriendo libre por vuestras papilas gustativas.
Lo primero que sentí es un sabor agrio que golpeaba mis cinco sentidos: se me nubló la vista, perdí la sensibilidad en la piel, me zumbaron los oídos, mi
pituitaria se atrofió... y mi sentido del gusto pasó a protagonizar toda percepción exterior que recibía mi mente...
Me encontraba ante una situación delicada, ya que estaba en un vagón de metro. No tenía un pañuelo sobre el que escupir... y ni mucho menos podía hacerlo en el suelo. No sólo por civismo, sino porque no podía permitir que la primera imagen que el
Chulazo Lector tuviera de mí fuera mi boca expulsando un líquido de
vete tú a saber qué color... No tenía más remedio que tragarme ese líquido que me estaba arrancando la vida a casa segundo.
Hice un intento, pero me fue totalmente imposible hacer que ese pedazo de
Infierno penetrase en mi organismo. Sentí una poderosa arcada y el maromo del
gym, por primera vez en su vida, clavó su mirada en mí tras levantar la nariz del libro.
Imagino que se topó con un chico con los ojos fuera de las órbitas y la cara de color violeta que s

ufría espasmos mientras se tapaba la boca.
Si alguna vez tuve una mínima posibilidad con él, en ese instante creo que le perdí para siempre. Recuerdo que en algún momento levanté la vista y supliqué al
Dios en el que no creo que acabase con mi sufrimiento y me matase allí mismo.
Tuve la impresión de que estuvo a punto de preguntarme si estaba bien (el
maromo, no
Dios...), pero como yo tenía los auriculares puestos y desvié la mirada rápidamente, debió cambiar de idea y volvió a su libro.
Al final, encontré valor en algún sitio y pude tragarme la puta
L Carnitina, que se abrió paso a través de mi garganta y, de camino, me la abrasó. Estuve
repitiéndola durante horas y su asqueroso mal sabor de boca me acompaña todavía.
En cualquier caso, las malas experiencias forman el carácter, nos hacen madurar y siempre nos enseñan algo. Yo aprendí tres cosas:
- Los chulos también leen.
- No todo lo que parece chocolate está rico.
- Escúpelo, no te lo tragues...