Hay varias situaciones en las que uno echa de menos tener novio.
Una de ellas es ese típico domingo por la tarde en el que no te apetece irte de marcha a La Latina y te quedas en casa viendo una peli y, bajo la manta, lo único que puedes abrazar es tu fuerte sentimiento de desidia y la única caricia que recibes te la da tu depresión dominical.
Otro de esos momentos de morriña conyugal lo vives cuando estás enfermo.
Esta semana, me he visto confinado en la cama. La fiebre, el dolor de cabeza y la gastroenteritis me han hecho compañía, eso sí.
Reconozco que soy un enfermo bastante insoportable. Es por ello que, en ocasiones como ésta, me alegro de que mis quejas, que durante estos días han reverbado desde las profundidades de Proudville, hayan caído en saco roto.
Lo que pasa es que es más aburrido así...
Y, claro, para estos casos, te recetan Paracetamol, Ibuprofeno y dieta blanda, pero, curiosamente, el médico siempre se olvida de incluir mimos, besos y caricias cada hora.
O cada media hora.
Precisamente, siguiendo con el tema de la enfermedad (lo siento, chicos, os toca aguantar mis lamentos), una de las cosas más molestas es cargar con tu fiebre y malestar general para acudir a la consulta de tu médico de cabecera y suplicar un justificante o parte de baja. Porque, no nos engañemos, no van a decirnos nada que no sepamos.
En mi caso, mi médico de cabecera es una señora que roza la cincuentena, muy recatada, pija y elegante que, desde el otro lado de sus gafas, me observa con atención mientras le explico lo malito que estoy.
También la imagino como votante del PP, aunque es un dato que no viene a cuento...
El pasado martes fui con la intención de visitarla, narrarle mis síntomas y que me diera el justificante de turno para la oficina. Me senté en la sala de espera, rodeado de esas señoras que tan de moda están ahora en Facebook, de un bebé que no dejaba de mirarme fijamente desde su carrito (cosa que me ponía muy nervioso) y de un señor que intentaba evadirse desesperadamente de la charla incesante de su mujer, refugiándose en lo más profundo de su mundo interior.
Y enmedio de este panorama me encontraba yo cuando, de repente, la puerta de la consulta se abre y, en vez de aparecer mi doctora, entra en escena un maromazo moreno de ojos verdes enfundado en una bata blanca.
En ese momento, creo que me subió la fiebre.
El Doctor Amor, carpeta en mano, nombró a algunos de los que esperábamos y, cuando pronunció mi nombre y me miró, hasta los microorganismos que me estaban puteando, se pusieron cachondos en mi interior.
Esperé pacientemente a que llegara mi turno de ser examinado. Cuando entré en la consulta, me recibió con una sonrisa y me invitó a sentarme. Le pregunté educadamente dónde estaba mi doctora habitual y me explicó que ella estaba de vacaciones y él le estaba sustituyendo.
Espero que sean unas vacaciones muy muy largas...
Ya he dicho en más de una ocasión que Anatomía de Grey ha hecho mucho daño. Todo el morbo que puede haber en el hecho de que tu médico esté buenísimo se esfuma en cuanto tienes que explicarle cuántas veces has ido al baño en las últimas horas o si tus deposiciones eran sólidas o más bien líquidas.
Nada sexy, a menos que te vayan ciertas prácticas...
Total, que al final, lo mismo de siempre: Paracetamol, mucha agua, dieta blanda...
... Y a superar solito la enfermedad.
Al menos vosotros escucháis mis quejas...
Cof, cof!




