No hay peor resaca que la que te deja la culpabilidad.
Porque no hay ibuprofeno, gazpacho o ducha fría que te haga sentir mejor cuando sabes que la has cagado, así que no tienes más remedio que apechugar con ello. Tampoco es que hubiera cometido una infidelidad, pues para eso hay que tener una relación, pero no podía evitar sentirme como una mierda.
Aquella tarde hablamos por teléfono. Le dije que tenía la Cena Anual Gay Pride con los Bukkukis en el Marichino y que luego le llamaría. No le noté demasiado entusiasmado y eso enturbió un poco la cena.
Cuando salí, le mandé un SMS y le llamé. No obtuve respuesta en toda la noche. Algo pintaba muy mal y ya pensaba que no volvería a verle. Me fue imposible pasármelo del todo bien aquella noche.
Al día siguiente, el sábado de la manifestación, me prometí no llamarle más. Para mi sorpresa, me llamó a las tres de la tarde, pero no me dió tiempo a cogérselo. Cuando le devolví la llamada, no me lo cogió él.
Estaba empezando a odiar a los móviles...
En la manifestación me lo pasé en grande y logré olvidarme del tema durante un rato, pero cuando llegamos a Plaza de España, me despedí de mis amigos y me volví a casa. No tenía ni fuerzas ni ánimos para salir aquella noche.
Al llegar a casa, me llamó Ted. Me preguntó qué planes tenía y le respondí secamente que me iba a quedar en casa. Me pidió que fuera e insistió para que nos viéramos, pero me mantuve inflexible.
Cuando colgué, recibí un SMS suyo:
Por favor, vente, tengo muchas ganas de verte
Treinta y cuatro minutos más tarde me presenté ante él en la plaza de Chueca.
Hablamos sobre lo que había pasado, sobre los desencuentros de los mensajes y la cobertura. Le dije que me sentó mal que no me hubiera respondido la noche anterior. Me pidió perdón y se escudó en el hecho de que estaba de juerga con sus amigas y no estaba pendiente del móvil, pero yo sabía que, en realidad, lo había hecho para castigarme por lo de la noche anterior.
Pasamos una noche fabulosa. Salí con él y sus amigas y volvimos a repetir el pasteleo, los besos y los abrazos de la otra vez. Pensé que era una pena que se fuera al día siguiente y justo cuando estábamos dando el espectáculo en uno de los sillones del V, se lo dije:
Quédate un día más.
Le propuse que pasáramos todo el domingo juntos en lugar de volver con su amiga a Valladolid por la tarde. Era factible, ya que él trabajaba el lunes por la tarde.
Y aceptó. Aquella noche se volvió al hostal con su amiga y quedamos en llamarnos al día siguiente después de comer, para acompañarla a la estación y empezar a pasar el resto del día juntos y a solas.
A la mañana siguiente me mandó un SMS de Buenos Días y yo estaba radiante ante la idea de pasar el domingo con él. Le llamé después de comer y justo cuando estábamos hablando de quedar, se cortó la comunicación. Le llamé, pero tenía el móvil apagado.
- No pasa nada - me dije - Tendrá poca cobertura...
Treinta llamadas más tarde empecé a preocuparme. Deduje que se había quedado sin batería. La putada era que no sabía dónde estaba y no tenía forma de localizarlo.
Me dieron ganas de darme cabezazos contra la pared de pura frustración y maldije a todas las compañías de telefonía por haberme jodido la vida durante esos días. Pasé horas dando vueltas en casa pensando qué hacer, pero no se me ocurría nada.
De repente, acudió a mi cabeza un flashback de la noche anterior.
Como en Lost.
Creí recordar que me dijo que a las 16:30 tenían que estar en la estación, pero no recordaba si había mencionado si volvían en tren o en bus.
Consulté la Web de Alsa y, efectivamente, había un bus con destino Valladolid programado para las 16:30.
Miré el reloj y comprobé que faltaban treinta minutos para que su bus saliera.
Y fue entonces, sólo entonces, cuando el Paradigma de Meg tomó forma dentro de mí.
Como si de una escena de una película romántica se tratase, acudiría a la estación. Él me vería aparecer en el andén corriendo y gritando su nombre. Nos fundiríamos en un apasionado beso y la gente nos aclamaría.
Ignoro si hay alguna escena así en su filmografía, pero Proudstar sería Meg Ryan y esta escena se incluiría en el montaje final de mi película.
Así que, sin más dilación, salí de mi casa como una exhalación e inicié una desesperada carrera en la que el Tiempo jugaba en contra del Amor Verdadero.