Una de las lámparas que cuelgan del techo en hilera parpadea y mi mente lo traduce como un mal augurio. No sé qué me asusta más: que el augurio se cumpla o que ahora me dedique a percibir señales místicas en cada cosa que me rodea.
Llego por fin a la puerta. Alargo la mano mientras siento a mi espalda que ya se está acercando. Giro el pomo con nerviosismo y lo impregno de sudor.
Cerrada.
Me giro. Aún no puedo verlo, pero escucho el sonido de sus pasos apresurados cada vez más cerca. No siento miedo exactamente. Por extraño que parezca, creo que me invade cierta melancolía.
Y cansancio.
He recorrido muchos pasillos como éste intentando encontrar una puerta abierta. En honor a la verdad, debo decir que, durante mi búsqueda, he encontrado muchas, pero todas conducían de nuevo al mismo lugar.
Pasillos, puertas, luces y sombras que dejo atrás para volver de nuevo al punto de partida y descubrir que, esta vez, no hay salida.
¿Escucháis eso? No tengáis miedo, es el sonido de lo inevitable.
Ya se acerca.
