Cuando mi guapísimo profesor de Tecnología nos anunció que teníamos que construir una Máquina de Efectos Encadenados, mis compañeros de instituto y yo nos miramos unos a otros, perplejos. Nos imaginé construyendo un enorme artefacto, cuya caótica estructura de acero llegaría hasta las nubes para cumplir con su terrible objetivo: ser el catalizador del Armagedón.
Mi imaginación ya apuntaba maneras...
En realidad, lo que nos estaba encargando era la construcción del típico laberinto de plataformas, rampas de madera y fichas de dominó que, tras una serie de reacciones controladas, causaran que una bombilla se encendiese o que sonara un timbre.
La enseñanza derivada de este experimento habría sido muy valiosa para mí... si mi Destino hubiera sido trabajar como colaborador en El Hormiguero.
Durante varios días, nos pusimos manos a la obra.
Desde muy temprana edad supe que mis manos eran especiales. Algo dentro de mí me decía que, con ellas, daría las más dulces de las caricias o que, al estrechar la mano a alguien, lo haría transmitiendo firmeza y seguridad. Lo que tenía muy claro es que jamás de los jamases me servirían para construir nada con ellas.
Años más tarde confirmaría mis sospechas al descubrir que el Bricolaje se me daría tan bien como la Alquimia o que tardaría menos tiempo en trazar el mapa del genoma humano que en montar un mueble de Ikea. Sin embargo, antes de adquirir todos esos conocimientos, un adorable Proudstar de 14 años tenía que exponer su máquina de efectos encadenados ante toda la clase y bajo la atenta mirada azul de su profesor.
Coloqué la canica que lo iniciaba todo y la hice rodar por la primera de las rampas.
Jamás llegó a su destino.
Mi máquina se vino abajo. La estructura cedió ante el excesivo peso de una canica y al desplomarse, se llevó por delante la máquina de un compañero situada junto a la mía.
Según parecía, mi artefacto contaba con la misma estabilidad que mi futura vida sentimental.
Tecnología y Matemáticas eran mis asignaturas más odiadas, pese a que las impartían dos de los profesores más atractivos que jamás he tenido.Bastante complicado me parecía ya el Álgebra como para encima estar entretenido resolviendo la X oculta en el prominente paquete de mi profe.
En la actualidad, mi vida no ha cambiado demasiado. Los chicos que más me gustan imparten asignaturas que estoy condenado a catear. A veces, la causa es mi falta de atención a la explicación de la pizarra. Otras, sin embargo, es debido a que soy incapaz de comprender la lección o que, simplemente, el profesor me coge manía.
Lo que resulta frustrante es tener tu proyecto preparado y que los efectos encadenados no sean los que tú esperas o que tus actos terminen perjudicando a otras personas.
Quizá sea cuestión de lanzar la canica con menos ímpetu para que la estructura no se desplome y conseguir así que, tras una mezcla de suerte, solidez y buena disposición de los elementos, la consecución de efectos encadenados haga que la bombilla se encienda.
Debería haber estudiado en el instituto de Física o Química...













