30 noviembre 2010

Huida Frenética

El domingo por la noche, mientras volvía a casa con una sonrisa de oreja a oreja, no fui consciente de su presencia. Se abrigó en la oscuridad imperante mientras se percataba del brillo de mis ojos y seguro que sus labios esbozaron una sonrisa triunfante.

No podría demostrarlo, pero estoy seguro de que esta noche se coló en Proudville y me observó mientras dormía, buscando más señales que confirmasen sus sospechas. Tal vez dedicara gran parte de la noche a escrutar mis sueños y a escuchar lo que mi voz pudiera revelarle.

Esta mañana, al levantarme, no noté nada fuera de lo normal. Me duché, me vestí y fui a la oficina como cada día. El día fue duro, tenía mucho trabajo atrasado porque la semana pasada estuve de baja por culpa de una gripaza, así que la jornada prometía ser frenética.

No tenía ni idea...

Todo ocurrió muy rápido en realidad y el desencadenante fue la cosa más simple y absurda:

Un SMS que recibí en mi móvil.

Hola! estoy en mi descanso. Qué tal va tu día?


Nunca unas palabras tan sencillas causaron una sonrisa como la que se dibujó en mi cara.

Lo siguiente que recuerdo es un gran impacto en mi cara. Perdí la noción del equilibrio y acabé en el suelo. Escuché ruido de gente levantándose precipitadamente de sus asientos y alcé la vista sin entender nada.

Ante mí, una figura vestida totalmente de negro y con el rostro cubierto por un pasamontañas se erguía imponente. Yo no necesitaba desenmascarar a aquel personaje porque conocía perfectamente su identidad. 
Y ahora ya tenía la información que buscaba.

Me incorporé rápidamente, aterrorizado. Estaba bloqueando mi camino hacia la salida. Mis compañeros aún no habían reaccionado ante el visitante ni ante la agresión que me había infrigido. Salté por encima de mi mesa e inicié una frenética carrera hacia la otra salida, la más alejada de donde nos encontrábamos.

La figura oscura se puso en marcha inmediatamente, a un paso más lento. Mis compañeros comenzaron a ponerse nerviosos y se interpusieron entre mi perseguidor y yo. 

No sirvió de nada.

Guapo recibió un fuerte puñetazo que lo dejó KO. Mis compañeras del Protocolo Apolo nada pudieron hacer para frenar su avance. Yo intentaba utilizar el subidón de adrenalina en mi favor e intenté no detenerme. Subí las escaleras y llegué a la puerta que me conduciría al hall del edificio.

Mierda! Había olvidado mi tarjeta identificativa y sin ella no podía abrir la puerta...

En ese momento, la figura oscura apareció al pie de la escalera.

- Sabes que no puedes huir... - dijo su voz fría desde el otro lado del pasamontañas.

Yo me limité a tener un ataque de pánico y a cargar contra la puerta utilizando todo mi peso. Mi perseguidor hizo un chasquido con la lengua y empezó a subir las escaleras hacia mí.

- Eres mío...

Era inútil. Sin la tarjeta, no podía activar el lector que abría y cerraba la puerta, pero yo estaba demasiado desesperado para  rendirme a lo inevitable. El hombro ya se me había dislocado, pero eso no impedía que siguiera golpeando, ávido de una falsa sensación de libertad.

La figura oscura alargó una mano y me agarró del cuello, levantándome varios metros. Con la otra mano, se quitó el pasamontañas. Tal como sospechaba, su identidad no fue una sorpresa para mí.

Su pelo rubio mantenía un peinado perfecto. Es como si nunca hubiera llevado ese pasamontañas. Sus ojos azules y aparentemente ingenuos me recibieron con una jovial sonrisa que contrastaba con el hecho de que me sostenía del cuello y que mis pies se contoneaban dos metros por encima del suelo.

Puso sus famosos morritos y, sabiendo que no me encontraba en posición de contestar, me obsequió con unas dulces palabras:

- No creerías que tía Meg estaría ausente mucho tiempo, ¿verdad, Proud?

17 noviembre 2010

El Protocolo Apolo

Tras el peor lunes que recuerdo en mucho tiempo y que sólo fue mitigado por una sonrisa limpia y una acogedora mirada, alguien ahí arriba decidió obsequiarme con un martes lleno de alegría en el trabajo, cosa que me ha venido fenomenal para relajar tensiones del día anterior.

La mañana transcurrió trabajando sin parar, pero entre risas con mis compañeros. Presumo de currar en un buen ambiente, por norma general, lo que ayuda bastante a sobrellevar la jornada.

La tarde transcurrió algo más calmada, A partir de las 16:00, el ambiente en la oficina se vuelve más relajado, casi soporífero. Nada hacía presagiar el revuelo que se formaría en unos minutos. 
 Me encontraba hablando con mi compañero de enfrente, al borde del coma cuando, de repente y sin previo aviso, en mi campo de visión se cruzó un maromo.

Él estaba de espaldas a mí, a unos seis metros. Vestía una camisa de color claro que llevaba por fuera y que era lo suficientemente ajustada para adivinar unos hombros anchos y fuertes. Era alto, de constitución atlética y, aunque aún no le veía la cara, estaba completamente seguro de que sus pies no habían pisado antes mi oficina.

Estaba desorientado, como si estuviera buscando a alguien. Estaba a punto de levantarme para ofrecerle gentilmente mi ayuda, cuando se giró y pude ver su rostro.

Joder, qué guapo!

Y fue entonces, sólo entonces, cuando se inició el Protocolo Apolo.

En mi empresa, existe una sub-división secreta, un Círculo Interno compuesto por miembros que llevamos a cabo una misión que nadie más conoce. Agentes comprometidos con una causa por la que debemos abandonar nuestras vidas, nuestros trabajos ordinarios y, si es necesario, nuestra identidad. Una vez que se activa una determinada directriz, comienza nuestra labor.

El momento había llegado. 

Un chulazo había entrado a nuestra oficina.
Nuestra misión era clara:

Identificarle.

Nuestra Organización Secreta tiene a sus miembros situados en puntos clave.

BB está sentada cerca del fax.
Cerca de la puerta principal, dominando las entradas y salidas, se encuentra AH.
Sentada al lado de nuestra supervisora directa, CC no pierde detalle.
MKC es nuestra arma más letal: bella, inteligente... imparable en el trabajo de campo.
Y yo, el único miembro masculino de la Organización, me siento cerca de la impresora, delante del despacho de la Directora.

Realicé un rápido intercambio de miradas con mis compañeras para confirmar el inicio del Protocolo Apolo y, automáticamente, se activó ARMENCHU. Mi sistema nervioso central cuenta con una poderosa computadora conectada con una red sináptica de procesamiento de datos. ARMENCHU, mi Archivo Mental de Chulazos, cuenta con su propio navegador web (el Proud Chrome) que conecta instantáneamente con más de un millón de archivos de chuliboys que se han cruzado en mi vida de una manera u otra. A través de un complejo programa de reconocimiento facial freeware, averigüé que el sujeto (al que designaríamos Adán) era un completo desconocido y que no era empleado de la multinacional para la que trabajo, con presencia en Europa y Sudamérica.

A los pocos segundos, Ricitos Negros, la responsable de otro departamento anexo al mío, se acercó a Adán. Lo saludó con cordialidad y, analizando sus gestos, llegué a la conclusión de que ya se conocían. A continuación, tras presentarle a otro supervisor, los tres se encerraron en La Pecera, una sala de reuniones  con una pared de cristal transparente situada al fondo de la oficina.

Estaba claro: se trataba de una entrevista de trabajo.

Compartí mis sospechas con mis compañeras y nos dividimos el trabajo. Mientras MKC y CC intentaban averiguar el vínculo que unía a Adán y Rizos Negros, yo inicié una maniobra de reconocimiento. Para ir a la máquina de café hay que pasar cerca de La Pecera, así que lo utilicé como excusa para aproximarme.

Cuando tuve una visión clara, realicé un análisis del lenguaje corporal de los que se encontraban en la sala. Adán se encontraba relajado, pero transmitía firmeza y seguridad en sí mismo. Gesticulaba lo justo y no se apreciaban tics. Miraba a los ojos a sus interlocutores e incluso esbozaba alguna sonrisa casual.
Rizos Negros le escuchaba con atención y su compañero apoyaba los brazos en la mesa en dirección al entrevistado, un gesto que denotaba receptividad.

La entrevista marchaba bien.

Cuando llegué a la máquina de café, me asaltó una compañera de la oficina que no estaba involucrada en el Protocolo Apolo:

- Proud, ¿Has visto al nuevo? ¿Quién es?

Recogí mi café y, mientras me marchaba de vuelta a mi mesa, le respondí:

- Lo siento, no puedo compartir esa información contigo.

Cuando volví a mi sitio, tenía un E-mail encriptado en mi bandeja de entrada. Lo remitía una de mis agentes y contenía tan sólo seis palabras:

Es un amigo personal de Rizos.

Lo que sospechábamos.

La entrevista terminó y, acto seguido, Rizos presentó a Adán a su equipo.
Lo habían cogido.

CC, que se encontraba situada cerca del lugar donde se estaban realizando las presentaciones, se acercó a mí discretamente para hacerme una sorprendente revelación:

Adán se llamaba igual que yo.

Comenzaba a percibir que algo empezaba a encajar. Una serie de acontecimientos relacionados entre sí. Una estructura de sucesos y casualidades firmemente forjadas con un objetivo desconocido por ahora.

The Pattern...

Adán abandonó nuestro Jardín del Edén de luz fluorescente. Mi mirada se quedó un rato fija en la puerta. La voz de mi jefa, que se encontraba a mi espalda recogiendo un informe de la impresora, me sacó de mi ensoñación:

- Es heterosexual y tiene novia.

Toda la operación encubierta a la mierda.
Archivé a Adán en la subcarpeta de Chulos No Disponibles y apagué ARMENCHU.

El Protocolo Apolo había sido un fracaso.

10 noviembre 2010

Cosas que echo de menos

Vivir de forma despreocupada. Quedar con B. para "estudiar" y pasarnos la tarde hablando en su casa. Dedicar cinco minutos a darle los buenos días antes de irme al trabajo y dejarle durmiendo en la cama. Escuchar la radio. Soñar con un futuro brillante que nunca llegó. El beso que me negó y que jamás nos daremos. Dormir abrazado a la misma persona todas las noches. El olor a chocolate caliente. Caminar por la playa en otoño. Escribir una carta. Confesiones en El Lago. Sentirme amado. Ese secreto que nunca revelé. Historias de miedo bajo las estrellas.

La alegría que sigue a mi desconocimiento sobre tu existencia.

05 noviembre 2010

Destino Final

Mi hora se acerca.

Desde la existencia de esa foto en la que aparezco borroso no han dejado de sucederse extraños sucesos a mi alrededor, como si se tratasen de sutiles advertencias que el Destino me envía. Lo que en un principio puede parecer una ligera esquizofenia motivada por la ingesta masiva de películas de terror orientales y yanquis, parece estar tomando una dramática solidez.

El sábado pasado llegaba tarde a la fiesta de cumpleaños de Dan, así que iba con bastante prisa. Cuando decidí bajar corriendo las escaleras del metro, no tuve en cuenta dos factores muy importantes:

- Lo húmedo que estaba el suelo debido a la copiosa lluvia.
- Mi asombrosa habilidad para coordinar mis pies de la talla 46.

El resultado fue que me resbalé. Por fortuna, no llegué a caerme al suelo porque dio la casualidad de que la teta de una chica pasaba por allí y pude agarrarme a ella.

Sí, sí.
No su brazo, ni su cintura...

Le agarré toda la teta.

La chica se quedó blanca y yo me disculpé hasta la saciedad. Ella comprendió que fue algo fortuito y decidí omitir que no lo había disfrutado en absoluto.

Nunca pensé que diría esto, pero lo cierto es que una teta salvó mi vida.

Las experiencias cercanas a la muerte continuaron su macabro desfile. Hace un par de días, me encontraba en la oficina cotilleando el Twitter volcado en mi trabajo, cuando de repente me atacó un mosquito sacado directamente de la imaginación de Michael Crichton.

Grande, enorme, con unas patas laaaaarguísimas.

Era tan grande que no te picaba.
Te empujaba.

Esquivé el ataque del mosquito mutante alertado por los gritos de una compañera. El insecto volvió a intentar embestirme, pero utilicé mis habilidades defensivas más sofisticadas y acabé con su vida utilizando un periódico enrollado.

No obstante, el hecho más dramático sucedió ayer.

Volvía del gimnasio y me encontraba sentado en un banco del andén, esperando al metro. Me dí cuenta de que tenía los cordones desatados y me agaché para atarlos.

El silencio que imperaba en ese momento en la estación se vio interrumpido por el sonido de mis pantalones rasgándose. Un roto bastante considerable en mi trasero dejaba mis gayumbos al aire.

No llevaba unos Aussiebum precisamente.

No me gasto una pasta en boxers. Tiro de H&M o Springfield y ya... porque soy de los que siguen las enseñanzas de Disney:

Lo importante se encuentra en el interior.

Pese a todo, ayer llevaba unos boxers horrorosos. Esos que uno guarda para cuando tiene los bonitos en la lavadora y no tiene ninguna cita potencialmente horizontal.

Pues esos boxers eran los que estaba mostrando al Mundo.

Y entonces, sólo entonces, apareció en el andén, junto a mí, el cachas de los tattoos de mi gym.
Por supuesto. Mi vida es así de maravillosa.

Si alguna vez he tenido la más mínima oportunidad con él, se disolvería como una pastilla efervescente si llegase a ver tan glamourosa estampa. Así que me quité la cazadora y anudé las mangas alrededor de mi cintura para tapar el ocho y medio que había en mi culo.

Había vuelto a los 90.

Lo divertido fue cuando llegué a mi estación de destino, salí al exterior y tuve que elegir entre estar calentito con los gayumbos horribles al aire o morir dignamente de hipotermia.

La elección era obvia.

La buena noticia es que llegué a casa con vida y con mi reputación social intacta.
La mala es que no sé qué otra jugarreta del destino volverá a poner mi vida en peligro.

Si no actualizo Twitter durante un tiempo, llorad mi pérdida.
Yo ya sabía que la causa de mi muerte sería un proudstada...

02 noviembre 2010

Zapping

The Walking Dead

Esta mañana los viajeros del metro de Madrid vivieron unos momentos de terror que no olvidarán en mucho tiempo. Sobre las nueve de la mañana fue visto un extraño ser que recorría el andén con un paso lento e irregular. Su cara era pálida y de sus ojos inyectados en sangre colgaban unas ojeras descomunales.

Su nombre era Proudstar y pese a no alimentarse de carne humana ni exhibir un comportamiento agresivo, su aspecto demacrado, fruto de una noche sin poder pegar ojo, le hacía parecer un muerto viviente recién levantado de la tumba y caminando entre los vivos, sin pertenecer ya a este mundo, aferrándose a un vano recuerdo de la persona que fue algún día...



Sálvame de Luz

Hace unos días, en el Atril, me topé con una chica peculiar.

Su nombre era Luz.

Pese a no caber ni un alfiler en el garito, Luz, la mariliendre primigenia, bailaba como si le estuvieran practicando un exorcismo, golpeando con sus enormes caderas a los maricas que, inevitablemente, nos econtrábamos cerca de ella.
Cambiarse de sitio no servía de nada.  Ella era como Dios.

Me encontraba a Luz en la barra.
En la puerta de la calle hablando por el móvil.
Luz en la cola del baño.

Luz.
Luz.
Luz

En todas y cada una de las ocasiones en las que nos encontramos aquella tarde, Luz me saludaba con la misma alegría que quien se reencuentra con un buen amigo después de muchos años.

Y eso que nos conocimos aquel día.

¿Por qué los tíos que me gustan no son tan pesados conmigo?


Glee

Todo comenzó con un pequeño canturreo, apenas un rumor que mi compañera Mara y yo iniciábamos casi sin darnos cuenta en la oficina, justo después de comer. Poco a poco, ese tarareo fue enriqueciéndose con algún golpe rítmico en la mesa.

Actualmente, Mara y Proud protagonizan un espectáculo musical todos los días a las 15:00 horas, aprovechando la ausencia de jefes en la oficina. Música, baile, alegría y coreografías sobre las sillas de oficina se alían en un show como jamás se ha visto desde el clip de Womanizer de Britney.

¿Dónde estás, Puck?



Cine 5 Estrellas: The Ring


Hace unos días, los Bukkukis nos hicimos una foto mientras estábamos de cañas.
Hasta aquí todo normal, porque no hay cosa que nos guste más que irnos de cañas y hacernos fotos, en ese orden.

El problema viene cuando, mirando más detenidamente la imagen, me doy cuenta de que soy el único que aparece borroso.



No he recibido ninguna llamada anunciando mi muerte en siete días, pero hoy mi jefa me ha enviado un mail en el que prácticamente me amenaza con poner fin a mi existencia de forma dramática.

Tengo miedo, soy demaiado guapo para morir!

Si encima me llegan a gastar esta broma, me quedo en el sitio...