26 enero 2011

Palabras

Aquí hace más calor que en la calle...

Al escuchar aquellas palabras, volví del viaje astral en el que me había embarcado y dirigí mi mirada a la persona que acababa de pronunciarlas. Un hombre de unos sesenta años estaba sentado a mi derecha y me sonreía afablemente. Analicé lo que me acababa de decir y concluí que teniendo en cuenta que estábamos en la sauna del gimnasio, es enero y esta tarde hacía un frío que pelaba, aquel hombre había soltado aquellas poco acertadas palabras con el único fin de iniciar una conversación.

Yo no me encontraba con tantas ganas de hablar como de clavarme chinchetas en el escroto porque en estos dos últimos días llevo arrastrando un humor de perros, así que me limité a asentir y a decir un escueto sí, es cierto. Tras aquel espectacular duelo dialéctico, el señor no hizo ningún otro intento de conversar y yo volví a sumergirme en mis pensamientos.

Irónico es, pues, que yo a veces me sienta como ese hombre que sólo quería tener una agradable charla y tuvo que conformarse con unas escuetas palabras lanzadas con egoísta indiferencia...

21 enero 2011

Cuatro años con vosotros

Mañana Proudstar in the City cumple cuatro años de vida, pero como cae en sábado y, además, mi agudo sexto sentido me dice que estaré agonizando en el sofá, víctima de una monumental resaca, fruto de lo que me espera esta noche, me vais a permitir que adelante el post un día.

Nunca pensé que mis fracasos sentimentales, mis meteduras de pata, mis penas, sueños, alegrías y decepciones  pudieran tener una aplicación tan divertida y que me proporcione tantas satisfacciones.

Y cuando digo satisfacciones, me refiero a vosotros, los que me leéis desde el otro lado. Muchas gracias por compartir otro año más conmigo, por vuestros comentarios y muestras de cariño. Vuestras palabras me animan a seguir adelante con esto.

El año que viene he pensado en celebrarlo de forma especial, a ver si se me ocurre algo realmente divertido.

Además, el 5 tiene rima.

Os quiero!

19 enero 2011

Vitamina Amor

Llevaba unos días con una inquietud en mi interior. Estaba convencido de que no se trataba de tristeza, ni tampoco nostalgia, pero en lo más profundo de mi corazón, un sentimiento indeterminado me causaba una suerte de leve desasosiego.

Me dediqué a repasar mentalmente lo que había hecho los días anteriores y encontré mi conciencia tranquila. No había hecho nada de lo que arrepentirme y no tenía ningún tipo de conflicto no resuelto con nadie, pero, definitivamente, algo me estaba alertando que dentro de mí las cosas no estaban como siempre.

Como suele pasar con este tipo de cosas, la respuesta llegó por sí sola y cuando menos lo esperaba.

Me hallo inmerso en pleno comeback al gym tras la gula navideña de la que hice gala en Huelva. Ayer me machaqué a base de bien y cuando metí mi cansado cuerpo debajo de la ducha caliente, sentí lo más parecido a un orgasmo espiritual. Estaba tan cansado que, mientras caminaba por el vestuario camino a mi taquilla, ni siquiera me fijé en los chulos que lucían palmito a mi alrededor.

Así de cansado iba...

Me senté en un banco dispuesto a cambiarme, cuando, de repente, noté que alguien se había situado de pie, frente a mí. Como yo estaba sentado y cabizbajo, lo primero que ví fue una toalla blanca que tapaba la entrepierna de un cuerpo húmedo y sin ropa. A medida que subía mi mirada, mis ojos se daban un banquete con un cuerpo que no necesitaba en absoluto recuperarse de exceso navideño alguno salvo, quizás, la lujuria.

Mi inspección ocular culminó en un rostro atractivo y amable donde unos ojos negros me saludaban, anticipándose a sus palabras:

- Perdona, se te ha caído esto...

Me tendió una mano con la palma hacia arriba y sobre ella descansaba la llave de mi candado cuya ausencia no había tenido tiempo de notar. 

Yo habría recogido de esa mano hasta el cadáver despedazado y putrefacto de un gato atropellado. Durante un momento, me preocupó el hecho de que aquel chico tan amable y observador notase que, además de la llave, mi alma se había caído al suelo y yacía a sus pies, suplicante...

Tras darle las gracias, el chico se giró y volvió a su taquilla, mostrando una espalda que me recordó el inexpugnable muro de Jericó y que parecía marcar un límite entre él y yo igual de inexpugnable.

Fue entonces cuando comprendí la  naturaleza de la extraña sensación de la que hablaba al principio de este post:

Era la primera vez en el 2011 que sufría uno de mis enamoramientos urbano-express... 

Sin duda, estar durante 19 días sin enamorarme de alguien en el metro, la calle o el gimnasio estaba causando algún tipo de reacción adversa en mi cuerpo y mi mente... como si de una carencia de vitaminas se tratase.

Ayer, sin embargo, mi metabolismo recuperó su ritmo normal y el universo suspiró aliviado porque todo volvía a estar en su sitio.

La tranquilidad, no obstante, no dura para siempre. 
Hoy he recibido tres SMS de tres personas distintas.

Uno de ellos es Rockboy, emplazándome a este finde para tener La Conversación y poner las cartas sobre la mesa. Parece ser que su inclusión en mi Lista de Maromus Interruptus 2010 fue prematura...
Las otras dos personas son dos chicos que he conocido recientemente y que muestran bastante interés en mí.

Mil pensamientos y dudas han asaltado mi cabeza durante el día de hoy, pero la más acuciante es....


¿Con cuál de ellos iré a la fiestaza que tengo el viernes?

14 enero 2011

Ellos me causan una Cardiopatía Severa

La primera vez que ví un disco de Ellos, yo llevaba una vida totalmente distinta a la de ahora. El álbum Lo tuyo no tiene Nombre se escondía tímidamente en la colección de CDs de mi ex y durante mucho tiempo no le presté mayor atención.

Al CD, no a mi ex.

Recuerdo que, en alguna ocasión, su música sonaba mientras hacíamos la limpieza en casa. No me preguntéis por qué, pero en aquella época decidí que ese grupo no me gustaba y sepulté a Santi y Guille en un olvido voluntario.

Una corazón roto más tarde, empecé a ahogar mis penas de amor con pop indie español. Comencé con La Casa Azul y su sonido optimista. Y un Guille, me llevó a otro Guille (y a un Santi). Fue como cuando te enamoras de un amigo. Sabes que siempre ha estado ahí, pero un día le miras con otros ojos y ya nada vuelve a ser igual.

Hasta el día de hoy, nuestra relación pop va como la seda.

Anoche se celebró el concierto que llevaba mucho tiempo esperando. El último álbum de Ellos, Cardiopatía Severa, es una verdadera delicia y moría de ganas por escuchar los tema en directo. Me reuní con ACE76, Álvaro de Cáceres y Soliloco en el Neu! Club y nos dispusimos a disfrutar de la velada.

Antes tendría que esquivar varios ex rolletes que no me apetecía ver (entre los que se encontraba ÉL , con quien protagonicé uno de los capítulos más patéticos precisamente en otro concierto de Ellos). También ví a Nickless Guy, pero como él no es persona non grata, estuvimos hablando un ratito... y tan bien.

A quien no hubo forma de esquivar fue al telonero. Raúl Querido fue la excusa perfecta para posicionarnos cerca de la barra e intentar hacer oídos sordos conversando con los amigos y bebiendo para olvidar su actuación, pero, desafortunadamente, su arte, su voz y sus letras, calaron hondo en nuestros oídos...

Es cuestión de gustos y seguramente no he sabido comprender su música, pero debo decir que NO me gustó en absoluto.

Gracias a Dior, en cuanto salieron Ellos al escenario, olvidamos rápidamente el mal sabor de boca causado por su telonero y nos precipitamos a la pista. Cardiopatía Severa en directo suena fenomenal. El concierto de anoche creo que fue un punto de inflexión en su carrera. Han evolucionado y anoche demostraron que son uno de los mejores grupos del panorama nacional.

Y punto.

Esto nunca ha sido (ni será) un blog de crítica musical, así que dejo el resto de la crónica a medios más especializados y me limito a decir lo bien que le quedan los pantalones ajustados a Guille y que las pocas veces que Santi sonreía, iluminaba el escenario.

Ojalá todas las cardiopatías fueran como las de anoche...

05 enero 2011

Epic Hacendado

Te das cuenta de que tus vacaciones han terminado cuando, sin previo aviso, desaparecen las comidas que tan tiernamente preparaba Mamá Proudstar y, en cambio, uno tiene que molestarse en cocinar (o algo así...) o en ir a hacer la compra. Aunque los cuidados maternos están muy bien y mi estancia en Huelva haya servido para descubrir un nuevo significado de la palabra relax, lo cierto es que estaba deseando volver a mi rutina en Madrid, tener mi espacio, recuperar mi vida social y, por qué no decirlo, echar un polvo.

Llegué a Proudville sobre las 21 horas de ayer. Un par de horas más tarde iba a tener dos invitados de excepción (mi bró Fido y mi sobrino postizo Juanan), así que volé al Mercadona a comprar lo imprescindible para la velada.

Es decir, alcohol básicamente.

Realicé la compra deprisa pues cerrarían en breve. Pagué en caja y justo cuando me dirigía al pasillo de salida, ví que una de las empleadas estaba girando la llave que acionaba el mecanismo de cierre de la persiana metálica. Cuando la chica me vió, me gritó desde el fondo del pasillo que saliera por la puerta del parking.

La puerta del parking se encuentra al otro lado del supermercado y  te hace salir al otro extremo de la calle, el más alejado de Proudville.

Y mira, no. Qué pereza!

Yo creo que hay momentos en la vida de una persona que marcan el camino que va a seguir recorriendo durante el resto de su vida. Vivencias que marcan el carácter y que acentúan la intensidad de los valores que atesoramos en lo más profundo de nuestro Ser

Aquél era uno de esos momentos.
Me encaré al Destino con determinación y en aquel instante tuve una clara revelación:

Ni de coña iba a dar toda esa puta vuelta para volver a mi casa.

Así que agarré las bolsas con fuerza para que no se rompiera la botella de ron Almirante (que es baratísimo y no está nada mal) o el vodka y comencé a correr en dirección a la persiana metálica que descendía lentamente. La empleada estaba de espaldas a mí, esperando a que el mecanismo se parase, por lo que no podía verme. Cada segundo que pasaba, era un segundo en el que tenía cada vez más difícil lograr mi meta.

Lo que bajaba no era sólo una persiana metálica.
Esa persiana simbolizaba las barreras que nos impiden realizar nuestros sueños.
Todos los convencionalismos sociales que nos ordenan que no seamos nosotros mismos.
Las imposiciones que merman nuestras ilusiones.

Salir del Mercadona por esa puerta se había convertido en una obligación que había contraído para con el resto de la sociedad.

La persiana estaba cada vez más abajo. Yo mismo comencé a inclinarme a medida que me iba acercando, aunque no sabía si llegaría a tiempo. La empleada, al escuchar mis pasos acelerados se giró. Al verme corriendo y con el cuerpo agachado hacia adelante, exclamó:

- Por Dios, tenga cuidado con la cabeza!

Y llegó el momento decisivo. Un sólo paso me separaba de la libertad. La persiana ya estaba muy baja e iba a necesitar agacharme aún más, así que lo hice.
Aguanté la respiración.

Y salí indemne al exterior.

El sonido de la persiana al tocar el suelo fue todo un himno a la gran victoria que acababa de obtener. Me encaminé orgulloso de mí mismo rumbo a Proudville cuando, de repente, toda mi satisfacción quedó enturbiada.

Mierda! Había olvidado comprar Coca-Cola!