Llevaba unos días con una inquietud en mi interior. Estaba convencido de que no se trataba de tristeza, ni tampoco nostalgia, pero en lo más profundo de mi corazón, un sentimiento indeterminado me causaba una suerte de leve desasosiego.
Me dediqué a repasar mentalmente lo que había hecho los días anteriores y encontré mi conciencia tranquila. No había hecho nada de lo que arrepentirme y no tenía ningún tipo de conflicto no resuelto con nadie, pero, definitivamente, algo me estaba alertando que dentro de mí las cosas no estaban como siempre.
Como suele pasar con este tipo de cosas, la respuesta llegó por sí sola y cuando menos lo esperaba.
Me hallo inmerso en pleno comeback al gym tras la gula navideña de la que hice gala en Huelva. Ayer me machaqué a base de bien y cuando metí mi cansado cuerpo debajo de la ducha caliente, sentí lo más parecido a un orgasmo espiritual. Estaba tan cansado que, mientras caminaba por el vestuario camino a mi taquilla, ni siquiera me fijé en los chulos que lucían palmito a mi alrededor.
Así de cansado iba...
Me senté en un banco dispuesto a cambiarme, cuando, de repente, noté que alguien se había situado de pie, frente a mí. Como yo estaba sentado y cabizbajo, lo primero que ví fue una toalla blanca que tapaba la entrepierna de un cuerpo húmedo y sin ropa. A medida que subía mi mirada, mis ojos se daban un banquete con un cuerpo que no necesitaba en absoluto recuperarse de exceso navideño alguno salvo, quizás, la lujuria.
Mi inspección ocular culminó en un rostro atractivo y amable donde unos ojos negros me saludaban, anticipándose a sus palabras:
- Perdona, se te ha caído esto...
Me tendió una mano con la palma hacia arriba y sobre ella descansaba la llave de mi candado cuya ausencia no había tenido tiempo de notar.
Yo habría recogido de esa mano hasta el cadáver despedazado y putrefacto de un gato atropellado. Durante un momento, me preocupó el hecho de que aquel chico tan amable y observador notase que, además de la llave, mi alma se había caído al suelo y yacía a sus pies, suplicante...
Tras darle las gracias, el chico se giró y volvió a su taquilla, mostrando una espalda que me recordó el inexpugnable muro de Jericó y que parecía marcar un límite entre él y yo igual de inexpugnable.
Fue entonces cuando comprendí la naturaleza de la extraña sensación de la que hablaba al principio de este post:
Era la primera vez en el 2011 que sufría uno de mis enamoramientos urbano-express...
Sin duda, estar durante 19 días sin enamorarme de alguien en el metro, la calle o el gimnasio estaba causando algún tipo de reacción adversa en mi cuerpo y mi mente... como si de una carencia de vitaminas se tratase.
Ayer, sin embargo, mi metabolismo recuperó su ritmo normal y el universo suspiró aliviado porque todo volvía a estar en su sitio.
La tranquilidad, no obstante, no dura para siempre.
Hoy he recibido tres SMS de tres personas distintas.
Uno de ellos es Rockboy, emplazándome a este finde para tener La Conversación y poner las cartas sobre la mesa. Parece ser que su inclusión en mi Lista de Maromus Interruptus 2010 fue prematura...
Las otras dos personas son dos chicos que he conocido recientemente y que muestran bastante interés en mí.
Mil pensamientos y dudas han asaltado mi cabeza durante el día de hoy, pero la más acuciante es....
¿Con cuál de ellos iré a la fiestaza que tengo el viernes?