29 abril 2011

Aulas vacías, corazones llenos


El instituto en el que estudié en Laguna de Duero era como El Internado Laguna Negra.

Antaño fue un convento y se encontraba situado en lo alto de una colina, rodeado por un bosque. La verdad es que resultaba un poco fantasmagórico, sobre todo cuando lo observabas al atardecer desde el pueblo, con la siniestra silueta del torreón recortada contra el cielo teñido de rojo. El edificio era bastante imponente. Los pasillos y las aulas rezumaban historia e incluso las lecciones de lengua y matemáticas se mezclaban con las leyendas sobre fantasmas y lamentos en la noche.

Los paralelismos con la popular serie española terminan ahí, ya que no morían adolescentes en extrañas circunstancias ni se paseaba Martín Rivas ligerito de ropa por los pasillos del centro.

Si a mis casi treinta y cuatro años soy enamoradizo y tengo una visión romántica, ingenua e idealista de todo lo relacionado con el Amor, a nadie le sorprenderá saber que todo eso estaba elevado a la máxima potencia cuando era un adolescente no sólo de mente, sino de cuerpo y experiencia.

La primera vez que ví a D.  se encontraba apoyado en el zócalo de una ventana del pasillo, hablando con otro chico. Todavía recuerdo su cara y, la verdad, no era especialmente guapo, estaba bastante delgado y tenía algo de acné en la cara, pero en ese momento me pareció la persona más fascinante del mundo. A partir de ese momento, me convertí en espectador silencioso de sus cambios de clase, sus conversaciones con sus compañeros y, sobre todo, de esa sonrisa con la que sazonaba casi todo lo que hacía y que nunca me dedicó a mí.

La primera vez que lo ví fuera de los muros del instituto yo me encontraba con Giorgio paseando por la calle. Cuando nos cruzamos con él y pasó a mi lado, el corazón empezó a latirme como si se me fuese a salir del pecho. Por un instante me miró a los ojos y yo creí que iba a morirme allí mismo.

El tiempo se detuvo y la realidad desapareció. Durante un segundo, sólo existieron esos ojos verdes a los que me aferré como un naúfrago lo haría a un tablón a la deriva. En aquel momento no sabía que nunca más volvería a mirarme, pero aquella noche me fui a la cama con una sonrisa.

Durante mucho tiempo me lo seguí encontrando en la calle, la piscina o la discoteca, pero jamás tuve ocasión de relacionarme con él.

En aquella época yo no estaba en el armario.
Estaba en Narnia.

Nunca había hecho mención alguna a nadie sobre el hecho de que me gustaban los chicos, pero sentía la necesidad de desahogarme, así que a Giorgio e Isa, que no estudiaban en el mismo instituto que yo, les contaba una verdad a medias y les narraba lo maravillado y colado que estaba por una chica de mi instituto cuyo nombre no conocía y con la que no tenía ningún amigo en común que me pudiera servir de acercamiento.

Cuando mi padre se jubiló, mi mundo se vino abajo porque nos volvíamos a Huelva y yo dejaba atrás a los mejores amigos que había tenido nunca. Mi última fiesta de cumpleaños con ellos fue también mi fiesta de despedida. Risas y lágrimas se entremezclaban. Giorgio incluso me escribió una canción.

Muchos años más tarde (no hace mucho, de hecho) me enteré de que Isa hizo todo lo posible para averiguar quién era la misteriosa chica de la que estaba enamorado para invitarla a mi fiesta.

No fue posible, lógicamente, porque esa persona no existía. Al menos, no del todo. Sin embargo, cuando ya a edad adulta me enteré de los intentos de mi amiga por brindarme uno de mis más deseados anhelos de mi juventud, me produjo mayor satisfacción que la alegría que yo habría sentido al ver aparecer a D. ante mí en mi fiesta.

Y es que, aunque D. nunca supo lo mucho que le quise, mis sentimientos más profundos de la adolescencia estaban plenamente correspondidos.

Y por quien de verdad importaba...

27 abril 2011

Verano del 94

Mi adolescente trasero estaba sentado sobre la frondosa hierba, a la orilla del lago. En aquella época, yo vivía en Laguna de Duero, un pueblo que, antaño, estaba situado a tres kilómetros de Valladolid, pero que hoy, debido a su crecimiento, ya casi se ha convertido en un barrio periférico de la capital. 

Seguramente mis apuntes estaban desperdigados en el césped, junto con mis ganas de estudiar y me encontraba entregado a tareas más interesantes, como tomar el sol y charlar con mi amigo Giorgio mientras observábamos con interés a los patos revoloteando en el agua. Con toda seguridad, Isa llegaría con esa flamante sonrisa de serie que siempre aporta calidez y paz interior y se sentaría con nosotros. En algún momento, yo me adueñé de su cuaderno y le escribí alguna chorrada acompañada de un dibujo. Puede que Rubén llegara en bicicleta dándome envidia con el último juego de Megadrive que se había comprado y, probablemente, aparecieran Luengo y Marisa y terminásemos, juntos, compartiendo risas y confidencias bajo el crepúsculo.

El tiempo no logró arrastrar el cariño y la amistad tan profunda que siento por ellos y que, todavía hoy, disfruto y profeso, pero, inevitablemente, se llevó de mi memoria el recuerdo de esa agradable tarde que sería el inicio del mejor verano de mi vida.

Diecisiete años más tarde, gracias a las redes sociales, vuelvo a ser un adolescente y, por un momento, vuelvo sentir la hierba y a disfrutar de la brisa que provenía del lago. El motivo es que, milagrosamente, aquella hoja de cuaderno que escribí a mi amiga Isa, ese trocito de pasado aparentemente nimio y sin importancia cobra un significado especial al ser rescatado del olvido. Giorgio e Isa lo colgaron hace unos días en Facebook y la verdad es que me emocionó que ella lo guardase con cariño.

Podríamos decir que esta hoja de papel es el preludio de Proudstar in the City. Dejando de lado el hecho de que mi horrorosa letra parecía augurar un futuro más orientado hacia la Medicina, me sorprende ver que algunas expresiones las sigo utilizando a día de hoy. De hecho, sigo teniendo la costumbre de dejar notitas en las mesas de mis compañeras de trabajo con alguna chorrada que les haga sonreir.

Mi amiga Isa, la destinataria de esta reliquia de los 90, tendría un año más tarde uno de los gestos más bonitos que jamás nadie ha hecho por mí.

12 abril 2011

Proudy Universe Online

El enorme rascacielos se tambaleó como si fuera de gelatina. Durante un instante, pareció que finalmente terminaría derrumbándose, pero, milagrosamente, la estructura aguantó la tremenda sacudida. Esperaba que hubiera dado tiempo a desalojar el edificio porque no creía que aguantase mucho más tiempo en pie. Miré a mi alrededor y comprobé que aquella mole de cemento y cristal no fue la única en sufrir daños. De hecho, una incesante lluvia de escombros caía por todas partes y me percaté de que la ciudad se encontraba devastada. Había gente huyendo despavorida por todas partes, pero a pesar del caos reinante a mi alrededor, no era capaz de oir los gritos.

 Sólo entonces me dí cuenta de que estaba sangrando.

Mi visión se nubló súbitamente y tuve que apoyarme en un muro para no desplomarme. Contuve un primer acceso de naúsea mientras mi mente rememoraba la causa de mi lamentable estado. Recordé el inesperado ataque de Black Adam, el poder desatado de nuestra encarnizada lucha y mi desesperado intento de evitar que algún civil resultase herido. Él aprovechó eso en mi contra y descargó un puñetazo que me hizo chocar contra un edificio... seis manzanas más allá.

No tenía ni idea de cómo me había reconocido, pero eso no importaba ahora.

Había gente en peligro.

Cerré los ojos durante un segundo. Necesitaba concentrarme para contactar con mi manantial espiritual de energía Z´keek, una fuerza cósmica que habita en mi interior y que convierte a un chico normal al que no mirarías dos veces al cruzarte con él por la calle en uno de los superhéroes más poderosos de la Tierra

Sentía como Black Adam se precipitaba hacia mí a la velocidad del rayo. Tenía que darme prisa, pero algo andaba mal.

Había perdido mis poderes.

Sin ellos, no sobreviviría al inminente envite de Black Adam. Cerré los ojos, resignado a recibir la solidez de lo inevitable. En lugar de miedo, curiosamente, sentí una intensa rabia por permitir que el villano destruyese la ciudad. Estaba tan enfadado que mis mejillas se llenaron de lágrimas de impotencia. 

Black Adam ya estaba muy cerca.

Entonces, escuché el sonido de un tremendo choque en el que, sorprendentemente, yo no estaba involucrado. Cuando volví a abrir los ojos ví que entre mi mortal enemigo y yo se interponía una imponente figura, un valeroso guerrero que luchaba contra Black Adam con la fuerza de un millón de soles.

Mi salvador.

Rechazó el ataque del villano con una facilidad pasmosa. Mientras yo estaba totalmente exhausto y apenas podía mantenerme en pie, Soliloco hacía gala de un poder inconmensurable contra el que Black Adam nada podía hacer. Mi amigo descargaba un golpe tras otro y, finalmente, lanzó una descarga de energía que hizo que el villano se desplomase inerte en el suelo.

Incluso los superhéroes necesitan ser salvados alguna vez.

Soliloco se giró hacia mí triunfante y señaló al tejado de uno de los edificios. Alcé la vista y vislumbré una figura femenina que nos observaba desde el borde de la azotea.  La luz del sol me cegaba, impidiéndome ver el rostro de aquella mujer, pero lo que sí pude ver fue cómo arrojaba un orbe rojo hacia donde me encontraba, cayendo directamente en mis manos. Se trataba de la Esfera de Zaath, una reliquia custodiada por los Guardianes de lo Inexistente y que emana energía curativa. 

En cuanto mis manos entraron en contacto con ella, sentí que el dolor y la fatiga se desvanecían. Una acogedora calidez me invadió desde el interior. Volví a entrar en contacto con mi energía Z´keek. Me concentré y mi cuerpo emitió un fulgor dorado.

Mis poderes habían vuelto.

En ese preciso instante, Soliloco y yo percibimos la presencia de un aura maligna y poderosa. Casi al mismo tiempo, una explosión sacudió varios edificios al otro lado de la ciudad. Nos miramos con seriedad y no tuvimos que intercambiar palabra.

Darkseid había regresado a la Tierra.

Aunque el resto de la Liga de la Justicia no tardaría en llegar, éramos los miembros más cercanos, así que mi amigo y yo iniciamos el vuelo y nos dirigimos a salvar el Mundo.

Y fue entonces cuando mis ojos se abrieron y me encontré en mi cama, observando el techo de Proudville. Volvía a ser una persona corriente que vivía en un mundo corriente.

Irse a dormir justo después de estar jugando al DC Universe Online no está exento de consecuencias...

08 abril 2011

Todas tus Amigas...

A mí nunca se me debería permitir dar consejos en materia de amor. De hecho, pocas veces los doy. Una persona que no es capaz de iniciar algo parecido a una ... ya no relación, sino más bien una sucesión de citas continuadas en el tiempo con la misma persona no debería permitirse la libertad de intentar poner orden en las vidas sentimentales ajenas.

En los últimos meses se ha dado la casualidad de que varias amigas mías han roto con sus respectivos y acuden a mí en busca de mimos, consuelo y, sobre todo, ese consejo mágico que, al salir de mis labios y con sólo oirlo, resuelva todos sus problemas y mitigue el dolor de sus corazones. Yo, en realidad, me limito a escuchar y abrazar. Ellas, sin embargo, se marchan tan contentas como si  hubieran adquirido un conocimiento casi divino.

Mi autoimpuesto silencio en este tipo de conversaciones no es más que una forma de evitar que el desastre que impera en mi NO-vida sentimental contamine mínimamente la felicidad de mis amigos.

Chicos que se van a poner una lavadora y no vuelven.
Chulos que presencian en primera fila la más humillante de tus caídas.

Prefiero que las proudstadas se queden en mi vida...

A veces me siento un cliché con patas: el amigo gay al que acuden las chicas para desahogarse. 

El otro día me dijo una de ellas que los gays somos muy sensibles y es muy fácil hablar con nosotros. Yo sonrío y prefiero no decirles que podría presentarles a unos cuantos sodomitas que son unos auténticos cabronazos.

Yo mismo me he portado como un cabronazo en más de una ocasión.

Supongo que el hecho de poder dar un punto de vista masculino y ser totalmente inofensivos es lo que hace que tener un amigo gay sea tan cómodo. Además, estadísticamente es muy improbable que tu amiga y tú os peléeis por el mismo tío.

También podría añadir el plus de poder asesorar en materia de moda y decoración, pero no es mi caso precisamente...

Mi ropa está compuesta por camisetas con lemas friki-pop y Proudville está equipado con lo básico para que un soltero subsista (Playstation 3, libros, DVDs, cómics...), pero no está dotado de una decoración muy exquisita...

Pese a esas carencias, debo dar unos abrazos que las suplen con creces.

... o tal vez yo estoy equivocado y el hecho de hablar con alguien cuya vida sentimental es más patética proporciona una calida y reconfortante satisfacción a las cabronas de mis amigas...

Hijas de puta....

04 abril 2011

La Postura de la Tortuga

Supongo que a muchos os ha pasado...

Da igual que sea en el metro camino al trabajo, en el supermercado del barrio o paseando al perro en el parque, pero el caso es que todos los días os cruzáis con una persona que, sin saber por qué, despierta vuestro interés. Pese a no haber intercambiado ni una palabra, imaginas que debe ser alguien fascinante y casi sin darte cuenta, su rostro se convierte en algo que endulza tu vida cotidiana.

Sin embargo, el secreto objeto de tu afecto ni siquiera se ha percatado de tu existencia.

Como cualquiera que me conozca mínimamente sabrá, mi cotidianidad está salpicada de varios de estos amores platónicos en la distancia.

Uno de ellos es un chico que veo en el gimnasio todos los días. No es el más guapo, ni el más musculoso y tampoco el que mejor viste de ese paraíso del Ego que visito a diario, pero lo cierto es que me tiene maravillado. Mi sentido arácnido me dice que es gay, pero jamás le he visto dirigirme ni una sola mirada casual.

Para compensarlo, yo le dedico unas cuantas docenas de miles al día...

Cuando te encuentras en esta situación, tienes dos opciones muy claras.

La primera y más obvia es acercarte a él e iniciar una conversación. Sin embargo, dada mi patológica timidez, sería más factible que el continuo espacio-tiempo se replegase sobre mí devolviéndome a miles de años en el pasado donde me convertiría en el mayor y más poderoso faraón de Egipto que sería nombrado, mucho después, en vuestros libros de Historia.

La segunda opción es llamar su atención para que note que estás ahí. Salir del anonimato, dejar de ser una gran NADA en su vida. Y, a partir de ahí, observar sus reacciones, tantear el terreno y ver si despiertas curiosidad en él.

Y, desde luego, si la semana pasada conseguí algo fue llamar su atención...

Llegué al gimnasio sobre las ocho de la tarde, en plena vorágine de oficinistas que al finalizar su jornada laboral sacian sus ansias vigoréxicas. Es la peor hora para ir, pero no tengo otro momento para hacerlo así que, como cada día, hice de tripas corazón, respiré hondo y entré arropado por Sophie Ellis Bextor, que me animaba desde mis auriculares.

Me encaminé a los vestuarios a través de un pasillo bordeado por gente corriendo en las cintas y subidas en las elípticas. Cada vez que recorro ese camino tengo la impresión de que me va a caer una lluvia de collejas, como si se tratase del recreo de un colegio. Debe ser porque nunca fuí víctima de tal chiquillada debido a mi estatura y una parte de mí piensa que me he saltado algún tipo de rito iniciático.

Me encontraba ensimismado en mis pensamientos cuando, le ví a ÉL. Se dirigía en dirección contraria a la mía. Ya se había duchado y cambiado, así que se marchaba a casa o a algún otro lugar lejos lejos de mí. Esta vez tenía que conseguir que se marchara conmigo en sus pensamientos. Esta vez me prometí a mí mismo que le miraría directamente a los ojos (en lugar de mirar hacia otra parte), le esbozaría la más espectacular de mis sonrisas y le diría "hasta luego".

Era muy fácil.

La seguridad en uno mismo es algo muy importante porque si realmente la tienes, los demás la perciben, así que me conciencié. 
Algo cambió en mi interior. Estaba decidido. Lo iba a hacer. Sólo faltaba un pequeño detalle.

Metí barriga y saqué pecho.

Ahora sí estaba listo. Sólo faltaban unos pasos para que nos cruzáramos. Caminé erguido, con la mirada clavada en él, con firmeza y serenidad. Él ni siquiera me estaba mirando, pero al aproximarse a mí notaría mi presencia. Yo lo sabía.

Y fue entonces cuando tropecé.

Una hora más tarde yo examinaría el lugar de autos en busca de una irregularidad en el suelo, una causa contra la que pudiera enfocar mi ira, pero el impoluto parqué estaba liso, impecable y eso me cabreó aún más porque significaba que mis pies habían tropezado contra la fatalidad justo cuando él estaba frente a mí. Lejos de ser un discreto tropezón sin importancia, mi cuerpo se retorció en descontrolados espasmos mientras mis brazos realizaron dramáticos y desesperados aspavientos.

Estoy seguro de que si el gimnasio hubiera estado vacío y Él no hubiera estado allí, las cosas se habrían desarrollado de otra forma. Yo no habría tropezado o, en caso de hacerlo, habría conseguido recuperar el equilibrio. Pero no. El gimnasio estaba repleto de gente y yo no podía caer de otra forma.

Caí de bruces al suelo. Mordí el parqué. 

Sentí que me contemplaba a mí mismo tumbado boca abajo con mi enorme mochila a la espalda. Debía parecer un enorme galápago y, la verdad, no habría estado mal tener caparazón en ese momento...

El tiempo se detuvo. Sentí las miradas y las risas contenidas de los que corrían en las cintas. Sophie Ellis Bextor seguía sonando en mis auriculares y su Murder on the Dancefloor me pareció el colmo de las burlas.

Sentí que alguien se agachó. Levanté la vista y me topé con sus ojos.

Era Él.

No pude escuchar lo que me dijo, pero leí sus labios (esos labios!) y comprendí que me preguntaba si estaba bien. Yo estaba tan avergonzado que no sentí ningún dolor físico, pero mi amor propio y mi orgullo ya habían sido trasladados a la UCI.

Me levanté y le contesté que me encontraba bien, sin mirarle a los ojos. Salí de la sala lo más dignamente que pude, me cambié en los vestuarios y luego me metí en el baño, resuelto a no volver a salir nunca más al mundo exterior. Media hora más tarde salí y me decidí a seguir mi vida con normalidad.

Ese día me salté el ejercicio aeróbico en la cinta.

Y, por supuesto, no pienso volver a ese gimnasio.