¿Alguna vez os habéis levantado en mitad de la noche, os habéis vestido y habéis salido a dar un paseo por la ciudad bajo las estrellas? Sólo por el mero hecho de sentirse abrigado por la oscuridad y la quietud nocturnas. Dejar que tus pensamientos se muevan al compás que marca la madrugada y escuchar la melodía que entonan los sueños cuando se hacen realidad mientras la ciudad duerme.
¿Habéis disfrutado alguna vez de esa sensación?
Pues no, yo tampoco.
Tengo una lista de cosas que hago en mi vida que me convierten en una persona sofisticada y rodeada de un halo de misterio y exotismo. La guardo en una caja de terciopelo, junto con mis trofeos de Kick-Boxing y mi master en Bricolage Avanzado.
Esa lista está vacía.
Hace unos días quedé con un chico que resultó ser el colmo del snobismo y la sofisticación. Me llevó a una coctelería en Alonso Martínez ultra-pija. Muy blanca, minimalista.Tan minimalista que no había nadie, excepto la camarera guiri monísima que nos invitó a sentarnos a una mesa también blanca, a juego con el resto del mobiliario, de su camisa y de su sonrisa.
Blanco, todo blanco.
Iba a sufrir un desprendimiento de retina de un momento a otro.
El chico se dedicaba al Arte (así en general). Era un apasionado de la Moda y no dejaba de hablar de artistas conceptuales contemporáneos, que no sé muy bien lo que son, pero, por lo que me contó, se dedican a crear espacios.
Ahá...
Confieso que en las primeras citas tiendo a no fingir ser más guay de lo que en realidad soy y, quizás por eso, no paso de la tercera.
Soy el tipo de persona que se aburre soberanamente con las películas cuya trama gira alrededor de los silencios de sus personajes. Sin embargo, mi idea de una tarde entretenida se parece bastante a estar tirado en el sofá viendo Transfomers 2. Me emocionan cosas como la resurrección de Buffy o que a Alcide se le vea el culo en True Blood y juego a la Playstation 3 a los 34 con las mismas ganas que lo hacía al Sonic en mi adolescencia.
Y encima, lo digo en voz alta!
O lo escribo en un blog.
Mi cita no supo disimular su horror ante tales costumbres tan poco cool. Tampoco supo disimular ( todo hay que decirlo) sus ganas de arrastrarme a su cama. Porque uno puede ser friki, pero tiene su punto...
El chico no me atraía en absoluto, así que hice caso omiso a las señales que me estaba emitiendo. Tengo que decir que era majete, pero me encontraba en una de esas situaciones en las que la química brillaba por su ausencia. Yo estaba siendo amable y fingía escucharle con interés mientras esquivaba las insinuaciones que lanzaba. Como vió que no entraba al trapo, lo intentó con el alcohol. Pidió a la camarera una segunda ronda, pero yo rechacé esa segunda cerveza.
- No, gracias. No suelo beber mucho...
Sorprendentemente, no fui atravesado por un rayo...
Tras declinar su amable invitación a subir a su casa que, casualmente, estaba muy cerca de allí, nos despedimos con el típico Ya hablamos que, en realidad, significa No vamos a volver a quedar en esta Vida...
La moraleja de esta historia podría ser una profunda reflexión sobre ser cool o uncool y que cualquiera de los dos estilos de vida son válidos mientras sean auténticos y no nos esforcemos demasiado en ser algo que no somos.
Pero no. El mensaje que quiero transmitir con este post va más allá y espero que os sirva de algo:
Hay fotos de perfil con más retoques y más efectos especiales que Avatar.
Por favor, tened cuidado ahí fuera...


