14 septiembre 2011

Coolness

¿Alguna vez os habéis levantado en mitad de la noche, os habéis vestido y habéis salido a dar un paseo por la ciudad bajo las estrellas? Sólo por el mero hecho de sentirse abrigado por la oscuridad y la quietud nocturnas. Dejar que tus pensamientos se muevan al compás que marca la madrugada y escuchar la melodía que entonan los sueños cuando se hacen realidad mientras la ciudad duerme.

¿Habéis disfrutado alguna vez de esa sensación?

Pues no, yo tampoco.

Tengo una lista de cosas que hago en mi vida que me convierten en una persona sofisticada y rodeada de un halo de misterio y exotismo. La guardo en una caja de terciopelo, junto con mis trofeos de Kick-Boxing y mi master en Bricolage Avanzado.

Esa lista está vacía.

Hace unos días quedé con un chico que resultó ser el colmo del snobismo y la sofisticación. Me llevó a una coctelería en Alonso Martínez ultra-pija. Muy blanca, minimalista.Tan minimalista que no había nadie, excepto la camarera guiri monísima que nos invitó a sentarnos a una mesa también blanca, a juego con el resto del mobiliario, de su camisa y de su sonrisa.

Blanco, todo blanco.
Iba a sufrir un desprendimiento de retina  de un momento a otro.

El chico se dedicaba al Arte (así en general). Era un apasionado de la Moda y no dejaba de hablar de artistas conceptuales contemporáneos, que no sé muy bien lo que son, pero, por lo que me contó,  se dedican a crear espacios.

Ahá...

Confieso que en las primeras citas tiendo a no fingir ser más guay de lo que en realidad soy y, quizás por eso, no paso de la tercera.

Soy el tipo de persona que se aburre soberanamente con las películas cuya trama gira alrededor de los silencios de sus personajes. Sin embargo, mi idea de una tarde entretenida se parece bastante a estar tirado en el sofá viendo Transfomers 2. Me emocionan cosas como la resurrección de Buffy o que a Alcide se le vea el culo en True Blood y juego a la Playstation 3 a los 34 con las mismas ganas que lo hacía al Sonic en mi adolescencia.

Y encima, lo digo en voz alta!
O lo escribo en un blog.

Mi cita no supo disimular su horror ante tales costumbres tan poco cool. Tampoco supo disimular ( todo hay que decirlo) sus ganas de arrastrarme a su cama. Porque uno puede ser friki, pero tiene su punto...

El chico no me atraía en absoluto, así que hice caso omiso a las señales que me estaba emitiendo. Tengo que decir que era majete, pero me encontraba en una de esas situaciones en las que la química brillaba por su ausencia. Yo estaba siendo amable y fingía escucharle con interés mientras esquivaba las insinuaciones que lanzaba. Como vió que no entraba al trapo, lo intentó con el alcohol. Pidió a la camarera una segunda ronda, pero yo rechacé esa segunda cerveza.

- No, gracias. No suelo beber mucho...

Sorprendentemente, no fui atravesado por un rayo...

Tras declinar su amable invitación a subir a su casa que, casualmente, estaba muy cerca de allí, nos despedimos con el típico Ya hablamos que, en realidad, significa No vamos a volver a quedar en esta Vida...

La moraleja de esta historia podría ser una profunda reflexión sobre ser cool o uncool y que cualquiera de los dos estilos de vida son válidos mientras sean auténticos y no nos esforcemos demasiado en ser algo que no somos.

Pero no. El mensaje que quiero transmitir con este post va más allá y espero que os sirva de algo:


Hay fotos de perfil con más retoques y más efectos especiales que Avatar.

Por favor, tened cuidado ahí fuera...

01 septiembre 2011

El Cementerio de mis Sueños


Una fuerte sacudida me hizo abrir los ojos.

Lo primero que deduje fue que me encontraba en un vehículo en marcha, pues oía un ruido de motor y notaba el traqueteo que hacía que mi cuerpo se agitase levemente. Mi paladar retenía un gusto agrio y la cabeza no sólo me dolía, sino que además no podía pensar con claridad y tenía la vista borrosa. Durante unos segundos no fui capaz de dar forma a mi entorno. Todas las evidencias podrían haberme llevado a pensar que alguien me había drogado y me había secuestrado, metiéndome en un coche hacia un destino incierto, pero eso significaría que soy una persona de cierta relevancia, así que no dejé volar mi imaginación. Lo cierto era que estaba demasiado acostumbrado a esa sensación y, francamente, tardé poco en ser consciente de lo que estaba ocurriendo:

Era viernes por la noche y la tremenda borrachera que me había pillado me hizo caer dormido en el búho...

Toqué el timbre para indicar al conductor que me bajaría en la próxima y me levanté como pude, agarrándome a todas las barras de sujeción hasta llegar a la puerta. Afortunadamente, el autobús estaba prácticamente vacío, así que nadie fue testigo de mi extraordinario despliegue de movimientos ágiles y fluídos.

Me apeé del vehículo. Nada más salir, me golpeó una abrumadora oscuridad y eso, unido al hecho de que no uso lentillas porque me hacen mucho daño, me hizo muy difícil enfocar la vista para discernir dónde me encontraba.

No habría estado mal preguntarme eso antes de abandonar el bus...

Poco a poco, mi sentido de la visión empezó a funcionar todo lo bien que el alcohol y la miopía le permitían y ante mí se formó la imagen de una ancha carretera en la que no había.... nada. No había edificios a la vista, el alumbrado público era bastante escaso y lo único que aparecía ante mí, a lo lejos, era una rotonda coronada por un árbol.

Una de las ventajas de vivir en la era de las telecomunicaciones, las redes sociales y la geolocalización es que es muy difícil encontrarte perdido en mitad de la nada, así que me dispuse a sacar el Iphone para averiguar dónde estaba. Fue entonces, sólo entonces cuando, con el rabillo del ojo, vislumbré una construcción a mi izquierda. Se trataba de una verja metálica que recorría todo el largo de la acera donde me encontraba hasta perderse en la distancia. La verja sólo era interrumpida por un arco de piedra que se encontraba a escasos pasos de mí. Tras la verja había una extensión de césped. Pude apreciar varios bloques de piedra diseminados en el suelo. Al principio no supe qué eran, pero cuando me percaté de que los árboles que predominaban eran cipreses, me dí cuenta de que se trataba de tumbas.

A mi mente acudieron unas palabras que siempre dice mi madre: "Hay que temer más a los vivos que a los muertos". Dejando aparte el hecho de que mi madre nunca ha visto The Walking Dead, la verdad es que esa frase no me consolaba nada. Los camposantos siempre me han acojonado bastante hasta el punto de no haber vuelto a ver la lápida de mi padre desde el día de su entierro.

Los caminos del alcohol son inexcrutables y, aunque yo creía haberlos recorrido todos, lo cierto era que nunca me había encontrado borracho, perdido y solo en un cementerio de Madrid. Saqué el Iphone para intentar orientarme y observé mi cara demacrada en el reflejo de la pantalla. Si Buffy hubiera estado por allí, sin duda me habría clavado una estaca, porque mi aspecto era más cercano a un Hijo de la Noche que a una persona cuyo corazón bombea sangre caliente. La pantalla del móvil no se encendía y maldije a Grindr por ser el culpable de haberme quedado sin batería.

Estaba a punto de caer en la desesperación. Me encontraba solo, sin posibilidad de saber dónde estaba ni llamar a alguien para que me ayudase. Además, corría el riesgo de ser devorado por un zombie o que un vampiro nórdico como Erik Northman me obligase a satisfacer todas sus perversiones sexuales, a cual más retorcida.

Eeeeehm... vale, eso último no entra dentro de mis temores precisamente...

El caso es que me encontraba en una situación de la que no sabía cómo salir y justo cuando estaba a punto de desesperarme, de repente, me desperté en mi cama. Miré a mi alrededor y ví que la ropa que llevaba puesta antes se encontraba desperdigada por Proudville. Intenté recordar cómo había regresado a casa, pero ese lapso de tiempo se encontraba ahogado en litros de ron con Coca Cola.

Ignoro si al final pasó un taxi.
O hice auto stop.
O igual todo el rollo del cementerio fue un sueño de Antonio Resines o de Nobita...

Lo que sí era muy real, en todo caso, era la resaca apocalíptica que me tocó soportar para inaugurar el verano. Si hay algo que empecé a plantearme desde ese momento fue la posibilidad de empezar a sentar la cabeza y dejar de beber como un adolescente.

Y una forma de sentar la cabeza es que se hubiera cumplido La Profecía.
Pero, claro, no es el caso...