Entra en la oficina dos horas después que yo y es entonces cuando la jornada comienza a ser un poco más agradable. Saluda a todo el mundo de su departamento con una sonrisa mientras observo sus movimientos al quitarse el abrigo.
South Guy lleva dos meses en la oficina. Las chicas y yo coincidimos en dos cosas.
El chico es guapo.
Y, sin duda alguna, es gay...
No es que tenga un plumón digno de una vedette, ni mucho menos. Pero es de estas personas que hacen saltar todas las alarmas.
Su puesto está situado a unos tres suspiros de distancia de mi mesa y se sienta orientado hacia mí, por lo que nuestras miradas deberían cruzarse cortando el aire y rasgando el haz de luz fluorescente que, románticamente, ilumina el espacio vacío que nos separa.
Eso, claro, si no fuera porque, por lo que a él respecta, no existo.
Nunca me ha dirigido ni una mirada. Cuando nos cruzamos en un pasillo, yo saco a relucir la más encantadora de mis sonrisas, dispuesto a saludarle, pero, curiosamente, siempre está mirando hacia otro lado. Así que, desde mi Universo paralelo, soy testigo silencioso de su amabilidad y simpatía para con cualquiera que no sea yo.
Sin embargo, estas historias de amor platónicas vividas desde la distancia insalvable de la ignorancia (voluntaria o no), proporcionan una cálida sensación de tranquilidad mental, ya que no causan ningún tipo de infelicidad ni decepción.
Y es justo lo que necesito ahora.
Así que me limito a comentar con mi compi Marvel Girl lo guapo que viene hoy o lo profundamente hipnotizante que es su sonrisa y me acomodo en un mullido cojín de conformismo que, por el momento, es más que suficiente.
Ahora bien, tampoco pasaría nada si, de repente, empezase a hacerme caso y a darse cuenta de que soy un ser tangible.
